Mérida, dos mil años en escena
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- Fecha: jun 30,2009
La celebración del Festival de teatro de Mérida es una buena ocasión para acercarse al pasado romano de la ciudad extremeña y a su conjunto arqueológico Patrimonio de la Humanidad
Si Ovidio o Plauto despertasen de su sueño eterno en el Teatro Romano de Mérida entre hoy y el próximo 30 de agosto, verían sus obras representadas en una de las ciudades más importantes del Imperio. Y es que un verdadero salto en el tiempo es lo que se produce en Mérida con cada nueva edición -y ya van 55- de su festival de teatro clásico. Más de dos meses en los que, al igual que hace dos mil años, se representan los clásicos grecolatinos con los que han reflexionado, reído y llorado cientos de generaciones.
Los dilemas morales de Edipo y el desgarro interior de Medea no son, ni mucho menos, temas que hayan quedado caducos. Al contrario, en ellos nos vemos reflejados y sus sentimientos nos demuestran que, cambios evidentes aparte, el ser humano sigue siendo eso, humano, con sus pasiones, sus veleidades y su sinrazón. Precisamente Medea y Edipo son los protagonistas de las obras que cierran el Festival, ya durante el mes de agosto. Antes, habrán pasado por los escenarios del teatro romano El rapto de Proserpina, Fedra (con música de Enrique Morente en una versión flamenca del clásico de Eurípides), Las metamorfosis ovidianas, Los gemelos de Plauto, Tito Andrónico, uno de los títulos grecolatinos de Shakespeare, y una creación de Rafael Álvarez “El Brujo”, El evangelio de San Juan.
El programa del Festival se completa con una serie de actividades paralelas, que combinan el teatro con espectáculos de calle y cine. En total, 55 representaciones (de las que siete son estrenos) que constituyen un auténtico viaje al pasado de toda una ciudad.
Y es que pisar Mérida es empaparse de la impronta romana que sigue presente en muchos de sus rincones. Fundada por Octavio Augusto para los soldados licenciados de dos legiones veteranas de las Guerras Cántabras, Emerita Augusta fue, hasta la caída del Imperio Romano de Occidente, una de las poblaciones más florecientes de dicho imperio. Ni más ni menos que la flamante capital de la provincia de Lusitania.
Parte de los monumentos de esa época, incluido su impresionante teatro, durmieron enterrados durante siglos. Hoy, recuperados y abiertos a la visita, nos hablan de la magnificencia de Emerita Agusta. De ella dan fe el aforo de treinta mil personas de su circo, las quince mil que cabían en el anfiteatro o las sofisticadas obras de ingeniería que siguen en pie miles de años después de su construcción, como los puentes sobre el Guadiana y Albarregas o el acueducto de los Milagros.
Del lujo con el que vivían algunos son muestra la Casa del Mitreo y el conjunto de las casas del anfiteatro. En estas viviendas, mosaicos y delicados jardines interiores nos hablan de un pasado de refinamiento que hoy sólo podemos intuir, y que se prolongaba en las termas, baños y lugares de reunión a un tiempo.
Emerita Augusta era también vida en la calle, en los dos foros que por su rango de capital provincial poseía. Y, como en el argumento de las obras que veremos representadas en el Festival, la vida tiene su cruz en la muerte, que se hace presente en las construcciones funerarias de los columbarios, en las que descansan para siempre los restos de las familias de los Voconios y los Julios. El recorrido romano por Mérida no puede obviar una visita al centro que recoge y conserva para futuras generaciones todo ese rico legado: el Museo de Arte Romano, obra de Rafael Moneo.
La vida y la muerte, lo que se ha ido y lo que perdura. La vida, hoy como hace dos mil años, y sus ambivalencias. Como en la mejor tragedia clásica.

























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