Hoy visitamos…ZAFRA
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- Fecha: nov 28,2008
Preside este artículo el bien conservado castillo, que cambia el letrero por Parador de Turismo.
Es el Alcázar de los Duques de Feria, adaptado a las circunstancias. Dan mucho juego éstos edificios medievales, si se saben recomponer lo suficiente. Y gracias a la dedicación de algunos expertos, terminan sirviendo para algo más que ser vistos y vistosos.
Independientemente de eso, ya trabajaban bien en la época, que obras como ésta y otras muchas tenemos para demostrárnoslo. Las ruinas que se mantienen medio erguidas en determinados lugares, la mayoría fueron producto de falta de cuidado. Otras, por ser de mayor antigüedad, es normal que no se sostengan, pero también está más que definido ese punto.
Y es que el orgullo de poseer tan preciados tesoros, debe prevalecer por encima de cualquier circunstancia, política o temporal.
Poder entrar, pasearse, comer y hasta dormir, en un castillo de seiscientos años, en habitaciones de camas con doseles seculares, donde lo hicieron reyes y nobles personajes de la historia, es todo un lujo. No lo duden.
Zafra no es una de las ciudades con más renombre de Extremadura, así, por gusto. Su excelente comunicación con Andalucía, Castilla, La Mancha, y el Antalejo del vecino Portugal, le ayudan sobremanera. Y al hilo, se une directamente con ciudades de su provincia, Badajoz, como Mérida, además de la cercana Sevilla en Andalucía, para seguir hasta Huelva y Córdoba.
Esto la instala directamente en una posición de privilegio y referencia, lugar de parada y fonda, como se decía en un tiempo no muy lejano.
Su crónica pesa con rasgos similares a todas las ciudades del camino romano del que estamos escribiendo, pero indiscutiblemente, tiene sus especialísimos y particulares aires. Ya queda claro que las comparaciones son tan absurdas como odiosas. Por eso hemos de distinguir una ciudad de la otra, un pueblo del siguiente, a pesar del denominador común.
El capítulo arquitectónico de Zafra, nos ofrece regalos como la Iglesia de la Candelaria, gótica, hermosísima y vanidosa de su retablo del altar mayor, a quien el calificativo de impresionante le viene pequeño. Quizá le podríamos añadir unos cuantos sinónimos: portentoso, sorprendente y extraordinario serían justamente adjudicados. Sin caer en la redundancia en absoluto.
Un enorme y sonoro órgano, colosal, y algunas pinturas del maestro Zurbarán, terminan de apostillar lo antedicho.
Nombrar todos los sitios dignos de ver en Zafra, sería una tarea tediosa de leer. Sin embargo espero que si la visitan, no tengan reparos en ver los más posibles.
Reseñaremos el Monasterio de Santa María del Valle, conocido también como el Convento de Santa Clara, que acoge una colección histórico-artística de descompasadas proporciones. Tan bellas como abultadas. Alrededor de mil piezas se exponen en los apartados “la piedad nobiliaria” “intramuros” “el legado de la magnificencia” y por último “la urbe ducal”. Y solo es una cuarta parte de lo que guarda en el interior de su arquitectura monumental.
Zafra también es famosa por sus bolillos, bordados y macramé. Arte, este último, que cruza los mares desde Persia, para dar a conocer una maestría en formas de hacer nudos. Además de la forja, que conforma el grueso de la artesanía de la ciudad.
Por San Miguel, allá sobre el 29 de Septiembre, Zafra celebra desde el siglo XV, la feria internacional del ganado más famosa e importante de Europa, que no es poco. Y del mundo, en signo de probabilidad.
Otras fiestas populares, carnavales, San Isidro o la Romería de la Virgen de Belén, nos avisan de que en Zafra no solo se admira la sobriedad, el resplandor de una ciudad monumental, o el privilegio de situación.
Tuvo importantes aportaciones a la conquista del nuevo mundo –aunque si preguntamos a los conquistados quizá no piensen lo mismo- y hoy es una ciudad que vive de sí misma.
Si visitan Zafra, no olviden pedir de postre los corazones de almendra, luego de una pitanza al uso, que no difiere sustancialmente del resto de la región. Y tampoco dejen de visitar Bodegas Medina –sin ánimo de publicidad- donde parte de concederse a la vista unas bonitas y reales instalaciones, pueden otorgarse el calorcillo de sus distinguidos caldos.
Un buen vino en agradable compañía, aguza el sentido de la felicidad. Siempre con moderación, que es la forma de saborear lo bello.



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